¿ASOMBRADOS DE QUÉ?
- JOSÉ YESID ÁNGULO CAMPOS
- 6 oct 2024
- 3 Min. de lectura

La evolución ha llegado a tal instancia que quienes promueven las transformaciones están siendo desplazados por la inteligencia artificial, que ellos mismos han venido creando, a lo mejor sin pensar que están poniéndose la soga en el cuello.
El planeta, como van las cosas, será dirigido por robots. Los hombres y las mujeres se volverían seres inútiles: en vez de sacarle el jugo a la naturaleza, serían unos animales más, lo cual los llevaría a engordar como cerdos, mientras que la tierra clama que cuiden los bosques, el agua y lo que garantiza vida: alimentos.
Las máquinas no desplazarán al hombre que, en vez de manejar la inteligencia para hacer del paraíso terrenal un fortín, está siendo un cómplice de la autodestrucción. El movimiento es esencial, tanto para conservarnos, como para hacer útil lo que nos rodea.
La vida es un momento y habrá que disfrutarla, lo mejor posible, sacando a relucir el conocimiento, que no morirá, mientras no olvidemos que lo material no respira y que quienes respiramos somos los que caminamos bien elegantes, gracias a las ideas propias que provienen de nuestros cerebros, que se encarga de señalarnos el sendero para que aprovechemos lo que nos ha puesto en bandeja el Dios de todos.
Aquello de que no estamos en la onda de la transformación, es mentira. El mercantilismo se está encargando de paralizar y eliminar muchas cosas. Más de uno creen que no hay cómo competir y están equivocados: utilizar la inteligencia humana es el mejor paso para salir del marasmo que nos han impuesto las potencias, que con su poder económico y bélico han aprovechado la debilidad de los conformistas para llevarlos a un empobrecimiento, que se ve y se nota a leguas, especialmente en los países en vía de desarrollo, que sobreviven por el crédito. Deudas impagables que, en vez de garantizar calidad de vida, ahondan la pobreza y la miseria.
Lo que está pasando en la economía mundial, no debería asombrar a nadie. El deterioro productivo no es nuevo, es un fenómeno que solo la pandemia puso en evidencia, con graves consecuencias.
Colombia no es ajena a ese pisotón financiero, que ha servido para certificar que la clase política tiene sus propios intereses, dándole la espalda al sector empresarial y a la sociedad, que les dio el voto de confianza y la traición es bárbara.
“No sabemos a dónde vamos a llegar”, es la expresión común entre quienes batallan por mantener encendidos los motores de sus micro, familias y pequeñas plantas, entre ellas las de los zapateros, confeccionistas y afines, quienes atraviesan por un difícil momento.
Es tan incierto el panorama de la industria de la moda que, a cuatro meses del adiós al 2024, si acaso un 10-20 por ciento de los comercializadores de calzado y ropa han realizado pedidos grandes: pasamos de docenas a pares, según los fabricantes de zapatos y vestuario del barrio Restrepo de Bogotá, Bucaramanga, Cúcuta, Cali y Medellín.
Los que sí pululan en el comercio informal y en parte del organizado, son los zapatos chinos y extranjeros, de todas las marcas. El contrabando se tomó el mercado, al igual que la subfacturación y el lavado de activos, en Colombia, se les escucha a expertos e inversionistas, que le juegan limpio al país.
Los productores de zapatos nacionales, que generan mucho empleo e impuestos, no son tenidos en cuenta por el alto gobierno, y si los tiene en el radar, el dinero se queda en los contratistas, quienes se volvieron expertos en zapatería y afines… manejan a través de universidades y organizaciones lo que ellos consideran transformación pedagógica y productiva: un curso virtual lo denominan cátedra sobre cómo fabricar zapatos y vestuario. Eso para ellos es inversión, allí se quedan los millonarios recursos que deberían engrosar los bolsillos de los protagonistas del sistema moda.
Qué vergüenza: los zapateros y confeccionistas, son utilizados por los politiqueros, quienes les prometen imposibles y, como se prestan para esas maniobras, tengan pa’que lleven… aprendan.
Los zapateros están pecando por ingenuos… por vivir de ilusiones.
Y ha llegado la hora de que Colombia tenga una paz verdadera; de lo contrario, el derramamiento de sangre acabará con la riqueza que nos ha dado la madre naturaleza.
La clase política tendrá que deponer su avaricia, al igual que la delincuencia de cuello blanco, y pensar en los millones de personas que no sabemos en manos de quienes estamos.
Sensatez, por favor. La Ley no se negocia… se aplica.
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